Mujer y autista - doble vulnerabilidad
- 7 oct
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Actualizado: 10 oct
Los daños de tipo físico, sexual o psicológico hacia la mujer, inclusive si son amenazas, coacciones o privación arbitraria de la libertad, se considera violencia de género; la cual es un problema estructural que afecta a millones de mujeres en el mundo. Sin embargo, cuando la víctima es una mujer o una niña autista, esta violencia se multiplica y adquiere formas específicas que a menudo pasan desapercibidas por el aún prevalente desconocimiento del autismo en su versión femenina.
Esta intersección entre género y autismo genera una doble invisibilidad: por un lado, la violencia de género; por otro, la falta de reconocimiento de las necesidades de la población autista en las políticas públicas.

Diversos estudios han documentado la magnitud de esta vulnerabilidad. Los datos basados en registros indican que las mujeres con diagnóstico de autismo presentan mayor riesgo de maltrato infantil y de violencia física grave durante la adolescencia y la adultez, en comparación con personas no autistas y con hombres autistas [1]. Además, la mayoría de las investigaciones coinciden en que el sexo femenino es un factor asociado a mayor vulnerabilidad frente a la victimización sexual, y que ser mujer y autista incrementa todavía más ese riesgo[1].
Para dimensionar el grado de riesgo de abuso sexual: una mujer tiene 30% de probabilidades de convertirse en víctima de abuso sexual en algún momento de su vida; pero si se es mujer y autista este nivel de riesgo alcanza el 90% [1].

Aunque la violencia de género suele entenderse, y a veces limitarse, al ámbito sexual es importante recordar que tiene múltiples formas:
· Violencia psicológica: manipulación, control y gaslighting (provocar que una persona cuestione su propia percepción, memoria y cordura), que explotan la vulnerabilidad comunicativa.
· Violencia física: agresiones en contextos familiares o de pareja.
· Violencia económica: explotación de la dependencia económica hacia cuidadores o parejas.
· Violencia institucional: ausencia de protocolos adaptados y falta de credibilidad otorgada a sus testimonios.
En comparación con personas no autistas e incluso con hombres autistas, las mujeres dentro del espectro autista tienen un mayor riesgo de experimentar diversas formas de violencia, por lo que no es de extrañar que también presenten en mayor medida trastornos psiquiátricos y psicológicos coexistentes, ideación suicida y hospitalización psiquiátrica[4]. Tal vulnerabilidad se relaciona con las dificultades psicosociales propias de la condición, pero especialmente a las dificultades para:
-Detectar situaciones de riesgo o interpretar las intenciones de las demás personas.
-Comunicar lo que ha ocurrido, expresar necesidades y vivencias.
Ambos aspectos, suelen obstaculizar la identificación temprana de la violencia, así como la búsqueda de ayuda. Si estos dos primeros obstáculos son vencidos, la mujer autista aún tiene que lidiar con:
-Falta de comprensión sobre el autismo
-Invalidación de la experiencia.
-Redes de apoyo inefectivas de tipo familiar, social e institucional.

En primera instancia, el autismo en su versión femenina no está del todo comprendido ni difundido entre los profesionales de la salud, lo que genera una enorme barrera cuando una mujer autista solicita asistencia psicológica, psiquiátrica o legal. Este desconocimiento y falta de aceptación no solo limita la respuesta institucional, sino que a menudo se extiende al entorno familiar. Con frecuencia, las familias de mujeres autistas se convierten en un obstáculo para el reconocimiento de la situación de violencia, al restar credibilidad a sus testimonios o minimizar lo ocurrido, influidas por ideas preconcebidas sobre lo que una mujer en el espectro puede o no puede experimentar [3].
Aunado a ello, la edad más tardía del diagnóstico de muchas mujeres autistas en comparación con los hombres puede aumentar su riesgo de violencia, ya que la falta de comprensión de su comportamiento y necesidades por parte de la familia y el entorno suele traducirse en la deslegitimación de su testimonio. Esta falta de validación no solo impide que se las reconozca como víctimas, sino que genera en ellas sentimientos de culpa y confusión que dificultan afrontar la situación. Cuando, además, la violencia proviene de personas cercanas —como familiares, parejas o cuidadores—, el vínculo afectivo y la dependencia emocional refuerzan ese sentimiento de culpa y pueden llevar al inmovilismo y al silencio [3][4].
Un aspecto que agudiza esta problemática es el elevado grado de autonomía que muchas mujeres autistas tienen o aparentan tener. Ciertos déficits psicosociales quedan minimizados bajo su capacidad académica y laboral y a ojos de los demás no existe vulnerabilidad alguna, otras veces es el enmascaramiento el que oculta la necesidad de apoyo. Por tal motivo, se crean situaciones de dependencia hacia familiares y personas de confianza, quienes fungen como apoyos principales de su día a día; y es de hecho ahí donde ellas suelen encontrar a sus agresores. Esto complejiza aún más los casos de violencia porque son estas personas quienes fungen como intermediarios de comunicación con otros, como referentes de seguridad y protección o como orientadores para adaptarse al mundo neurotípico. Es a causa de ello, que la detección de la violencia queda postergada e incluso enterrada en el tiempo.

Desafortunadamente la falta de apoyo en combinación con las características del autismo, conducen a las mujeres autistas a “encadenar y normalizar las situaciones de violencia y tener dificultades para identificar cómo es una “relación sana” [3].
Desde esta perspectiva pueden identificarse factores de riesgo específicos en mujeres autistas que se añaden a los vinculados a la violencia de género:
-Dificultad para identificar situaciones de riesgo.
-Dificultad para comunicar su experiencia.
-Redes de apoyo reducidas y frágiles donde no encuentran protección, validación ni orientación adecuada.
-Dependencia de cuidadores o parejas, que propicia situaciones de control o abuso.
-Estigmatización y prejuicios sobre el autismo, que las coloca en una posición de menor credibilidad.
Para comprender por qué las mujeres autistas son más vulnerables a la violencia, las investigadoras Grzeszak y Pisula recurrieron a la Teoría del Estrés Minoritario. Este modelo, originalmente aplicado a minorías sexuales y de género, explica cómo las personas que pertenecen a grupos marginados sufren una carga adicional de estrés debido al estigma social, la discriminación y la falta de apoyo. Desde esta perspectiva, las autoras señalaron que las mujeres autistas enfrentan factores de presión únicos y constantes, derivados de la combinación entre su condición de género y su condición autista. Esta doble fuente de estrés aumenta el riesgo de exclusión, maltrato y dificultades para acceder a ayuda o comprensión[1].
Las mujeres y niñas autistas enfrentan los riesgos propios del género, pero además cargan barreras derivadas de la condición ocasionando un terreno fértil para que ocurran diversas formas de violencia. Puede concluirse que efectivamente la intersección entre género y autismo amplifica la exposición a diversas formas de violencia, especialmente la de tipo sexual.
El simple hecho de ser mujer y autista crea una doble vulnerabilidad. Por ello, es necesario cambiar la concepción sobre lo que significa la condición autista y ampliar la visión y el entendimiento en el núcleo familiar y escolar. También es urgente que los profesionales de atención sanitaria actualicen su concepción sobre las implicaciones de la condición autista en una mujer a fin de proveer una atención más ajustada y pertinente.

IDEAS PARA NAVEGAR |
Psicoeducar a familias y cuidadores directos al respecto de la condición autista y del alto riesgo de vulnerabilidad por violencia de género. |
Proveer educación a niñas, adolescentes y mujeres autistas que promuevan el reconocimiento de límites, la autonomía corporal y la capacidad de identificar comportamientos abusivos. |
Detección oportuna del autismo en mujeres para evitar situaciones de riesgo a falta de estrategias de enfrentamiento y acceso a apoyos formales a causa del desconocimiento de la propia condición. |
Incrementar la capacitación especializada de los profesionales de la salud, educación y servicios sociales sobre la comprensión de la perspectiva de género y la neurodiversidad en donde se inserta el autismo. |
Se recomienda el artículo Violencia sexual a mujeres autistas.
REFERENCIAS
[1]Grzeszak, A., & Pisula, E. (2025). Experiences of females on the autism spectrum through the perspective of minority stress theory: a review. Frontiers in Psychiatry, 16. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2025.1578963 https://www.frontiersin.org/journals/psychiatry/articles/10.3389/fpsyt.2025.1578963/full
[2] Cazalis, F., Reyes, E., Leduc, S., & Gourion, D. (2022). Evidence that nine autistic women out of ten have been victims of sexual violence. Frontiers in Behavioral Neuroscience, 16. https://doi.org/10.3389/fnbeh.2022.852203
[3]Albacete, R., Hernández, C., Verde, M., Arroyo, A. (2023) Violencia de Género contra las niñas y mujeres en el espectro del autismo. Confederación Autismo España.
[4]Lai, M., & Baron-Cohen, S. (2015). Identifying the lost generation of adults with autism spectrum conditions. The Lancet Psychiatry, 2(11), 1013–1027. https://doi.org/10.1016/s2215-0366(15)00277-1
[5]Gibbs, V., Hudson, J., Hwang, Y. I., Arnold, S., Trollor, J., & Pellicano, E. (2021). Experiences of physical and sexual violence as reported by autistic adults without intellectual disability: Rate, gender patterns and clinical correlates. Research in Autism Spectrum Disorders, 89, 101866. https://doi.org/10.1016/j.rasd.2021.101866
[6] Hartmann, K., Urbano, M. R., Raffaele, C. T., Qualls, L. R., Williams, T. V., Warren, C., Kreiser, N. L., Elkins, D. E., & Deutsch, S. I. (2019). Sexuality in the Autism Spectrum Study (SASS): Reports from Young Adults and Parents. Journal of Autism and Developmental Disorders, 49(9), 3638–3655. https://doi.org/10.1007/s10803-019-04077-y



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