Violencia sexual a mujeres autistas
- 10 oct 2025
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El espectro autista se caracteriza por dificultades en la comunicación social, como decodificar las intenciones y emociones ajenas, la comprensión de la comunicación implícita y la lectura de los contextos sociales. Estas características contribuyen a que las mujeres autistas corran un riesgo considerablemente mayor de ser víctimas de violencia sexual [1], que incluye contacto no deseado, intento de violación y violación.
Para ponerlo en contexto, las estadísticas indican que 30% de las mujeres son víctimas de abuso sexual en algún momento de su vida, similar al casi 33% de personas con discapacidad intelectual; en comparación con el 90% de las mujeres autistas que atraviesan alguna forma de abuso o agresión sexual, tanto en la edad adulta como antes de alcanzar la edad de consentimiento [2,1]. Una mujer autista tiene un riesgo de sufrir violencia sexual, casi 3 veces más que una mujer neurotípica (29.6%), lo que la convierte en una población de riesgo extremo.

La violencia sexual en este grupo de población alcanza esas cifras porque se combina la vulnerabilidad de ser mujer y también ser autista (leer más en mujer y autista-doble vulnerabilidad). También eso indica la causa de por qué la agresión sexual en mujeres autistas es cuatro veces mayor que en hombres autistas [1]. Por tal razón, el tema de agresión sexual se aborda de forma diferenciada dentro del espectro autista, ya que sus factores de riesgo y predictores entre autistas según su género y orientación sexual son enormemente distintos.
FACTORES DE RIESGO
Suele creerse que las personas con condiciones psicosociales como el autismo no tienen interés sexual; pero lo cierto es que esta condición no causa alteraciones hormonales ni reproductivas, ni tampoco afecta el deseo sexual inherente a cualquier ser humano. De hecho, se ha constatado que las mujeres autistas no muestran menos interés sexual que las mujeres neurotípicas. Pero la diferencia estriba en la frecuencia con que uno y otro grupo enfrenta experiencias sexuales negativas.
Las investigaciones apuntan a que la mayor vulnerabilidad proviene de un diagnóstico tardío que no permite reconocer, tanto para el autista como para su familia y cuidadores, el grado de asistencia que la persona requiere para comprender las situaciones sociales (incluidas las que suponen un riesgo).
Bajo ese mismo paraguas de desconocimiento, la educación sexual deficiente representa un factor de riesgo significativo, no solo porque a nivel familiar e institucional suele ser ineficaz, sino también porque depende de una enseñanza adaptada a mujeres autistas: puntual, explícita y alejada de metáforas, analogías y ambigüedades. Cuando la educación sexual no contempla las necesidades específicas de las mujeres en el espectro autista —por ejemplo, el desarrollo de habilidades sociales o la comprensión de los límites personales— se generan situaciones adversas y paradójicas: “Si existe un bajo conocimiento sexual aumenta la posibilidad de involucrarse en interacciones no deseadas; pero si se tiene conocimiento sexual y deseo de relaciones íntimas también puede exponerlas a la explotación o manipulación por parte de parejas abusivas” [3].
PERFIL DE LOS AGRESORES
La combinación del deseo sexual típicamente humano en mujeres autistas sin diagnóstico y sin preparación para la vida sexual, propicia una situación altamente frágil en que la persona queda fácilmente a merced de depredadores atentos a víctimas más fáciles de embaucar.
Normalmente los delitos sexuales son cometidos por personas cercanas a las víctimas —padres, parejas, maestros o cuidadores—, quienes aprovechan su posición de poder o confianza. Pero en el contexto del autismo, el perpetrador es percibido por la víctima autista como un apoyo para lidiar con el mundo neurotípico al cual se le dificulta adaptarse. De hecho la Confederación de Autismo España señala que “las mujeres con autismo y especialmente con necesidades de apoyo, [presentan] más dificultades porque a menudo el agresor también es su apoyo principal”[4].

Los agresores sexuales, quienes tienden a deshumanizar a las mujeres tienen rasgos de psicopatía y narcisismo haciendo que las perciban como “menos que humanas”, lo que facilita su cosificación y abuso [1]. Cuando la mujer es tratada como objeto sexual (Teoría de la objetivación) el perpetrador le quita su condición de humano, la cosifica, para reducirla a algo que puede ser usado, mirado o poseído; así el perpetrador deja de ver a la otra persona como alguien con autonomía y derechos.
En el caso de las mujeres autistas, la cosificación y la deshumanización se agravan mutuamente. Los estigmas sobre su “rareza” o “falta de feminidad” alimentan la idea de que son menos creíbles, menos capaces de consentir o incluso menos humanas. A esto se suman sus dificultades para interpretar las intenciones de los demás o para establecer límites claros, lo que las hace especialmente vulnerables ante quienes las perciben como “dóciles” o “fáciles de manipular”. Esta combinación las coloca en una posición extrema de vulnerabilidad ante la violencia sexual.
ESTRATEGIAS DE ABUSO
Los déficits en cognición emocional y social, junto con la incapacidad para reconocer la propia incomodidad ante situaciones inapropiadas, aumentan notablemente el riesgo de victimización [6] anclados en las siguientes características autistas[2]:
-Habilidades sociales limitadas.
-Credulidad o dificultad para detectar intenciones engañosas.
-Falta de asertividad o lenguaje corporal poco interpretado.
-Deseo intenso de aceptación y pertenencia social.
En consonancia con estos patrones de comportamiento, los agresores de mujeres autistas suelen emplear dos estrategias principales[1]:
· Manipulación o acoso psicológico sutil (“ascendencia mental”), para obtener control y obediencia.
· Sorpresa o engaño, para forzar un contacto sexual no consentido.
Estas tácticas se ven facilitadas por las dificultades de las mujeres autistas para detectar engaños, evaluar riesgos y reaccionar ante conductas inapropiadas.
En el caso de la ascendencia mental, es una forma de violencia psicológica y de control, que puede acompañar o anteceder al abuso físico o sexual. Para ello, no suele necesitarse de la fuerza física, sino de influencia psicológica para que la víctima dude de sí misma, sienta culpa, o crea que depende emocionalmente de quien la maltrata. Este tipo de abuso se intensifica en casos de mujeres autistas, porque muchas veces confían en exceso en las personas cercanas o interpretan de forma literal las palabras y las intenciones. Los testimonios personales reflejan esta realidad.

Es notable en los relatos previos la disparidad de edad entre la mujer autista y su abusador. Aunque no exista literatura que profundice este fenómeno, puede inferirse que tal asimetría puede estar alimentada no solo por los factores y predictores de riesgo antes mencionados sino también por el hecho de que un abusador de mayor edad suele contar con más experiencia en interacción y manipulación social. Esta ventaja incrementa la dificultad de la mujer autista para identificar una situación de riesgo, denunciarla o ponerle fin.
Una vez establecida la relación, suele desarrollarse una dinámica de dominación en la que la persona de mayor edad asume el rol de autoridad o tutor. Dado que muchas mujeres autistas requieren orientación adicional en sus relaciones sociales, esta posición facilita el control por parte del agresor. Así, la víctima puede interpretar el vínculo como una relación afectiva legítima, cuando en realidad se trata de un ciclo de abuso. Esta ambigüedad permite que muchos agresores operen en las llamadas “zonas grises” de la ley, evadiendo la sanción y perpetuando la impunidad.
CAUSAS DE LA VICTIMIZACIÓN
Es razonable considerar que el autismo no es la causa en sí de la victimización sexual en las mujeres autistas sino sólo un factor que aumenta su vulnerabilidad[1]. Pero también es innegable que las características del autismo elevan el grado de vulnerabilidad hasta el punto en que una de cada nueve mujeres autistas experimenta violencia sexual en algún momento de su vida. Resulta inevitable preguntarse:
¿qué porcentaje de las mujeres víctimas de violencia sexual son autistas, aunque no lo sepan o no hayan sido diagnosticadas?
Esta pregunta, por ahora, no tiene respuesta clara. Durante décadas, el autismo se estudió y diagnosticó casi exclusivamente en varones, dejando fuera a innumerables mujeres cuyas manifestaciones pasaban desapercibidas o eran malinterpretadas. Solo en los últimos años, con la evolución de los criterios diagnósticos, la ciencia y la sociedad han comenzado a mirar hacia el autismo femenino.
Como consecuencia, muchas mujeres fueron diagnosticadas de forma tardía, después de haber atravesado experiencias de violencia, abuso o relaciones desiguales que nunca fueron comprendidas en el contexto de su condición. Pero lo más alarmante es que esta invisibilidad persiste hoy en día: continúan llegando a las autoridades casos de mujeres violentadas sin que se reconozca su condición autista, ya sea porque aprendieron a enmascarar sus rasgos, porque crecieron en una época en la que el autismo femenino era desconocido, porque fueron infradiagnosticadas, o porque, aun siendo diagnosticadas, su condición es minimizada o directamente invalidada.
Esto se hizo palpable en una investigación realizada en 2022 [1] que documentó la experiencia de mujeres autistas víctimas de violencia sexual quienes de forma retrospectiva sienten que se les pudo haber protegido. Una cuarta parte de las mujeres autistas que participaron en el estudio, consideró que sus rasgos autistas las hicieron fácilmente detectables por los depredadores sexuales; y la misma proporción de mujeres piensan que el conocimiento sobre riesgos y estrategias de autoafirmación podría haber evitado la agresión.
EVIDENCIA CONTUNDENTE
Con los datos estadísticos actuales sobre autismo en que la prevalencia es de un autista por cada 36 personas, la proporción de género es de una mujer por cada 3 autistas hombres y una tasa de victimización del 90% en la población femenina autista; puede hacerse una estimación sobre los casos de mujeres víctimas de violencia sexual que además son autistas (leer más en ¿cada vez hay más autistas?).
Considerando un grupo de 100 mujeres que han sido víctimas de violencia sexual, se estima que al menos 2 mujeres (2.08%) son autistas, a pesar de que representan menos del 1% (0.694%) de la población femenina.

En la práctica, esto significa que en un grupo de 10 víctimas lo habitual es no encontrar a una mujer autista diagnosticada, pero sí existe una probabilidad no despreciable (del orden del 24–36% según supuestos) de que al menos una de las víctimas muestre rasgos o haya sido infradiagnosticada. Esto lleva a pensar que es probable que un evento de esta naturaleza revele la condición autista que pasó desapercibida, y que precisamente a causa de ello la mujer cayó en una situación de riesgo.
Debe recalcarse que dicho cálculo es una mera aproximación para tratar de comprender la enorme problemática que existe sobre el tema y de la cual no existe investigación específica, es decir, se sabe del grado de vulnerabilidad pero no hay estadísticas oficiales sobre el porcentaje de mujeres autistas detectadas tras experimentar violencia sexual.
Está claro que las mujeres autistas enfrentan una probabilidad desproporcionadamente alta de sufrir violencia sexual, muchas veces a manos de personas cercanas. Su vulnerabilidad no proviene solo del autismo, también de la falta de comprensión, credibilidad y protección institucional; pero especialmente de la ausencia de orientación específica para mujeres autistas.
Este conocimiento debe transformarse en acciones urgentes que se inicien en el seno familiar, en el ámbito escolar, en la protección institucional pero especialmente en la empatía y formación profesional actualizada con un enfoque interseccional; solo así podrá romperse el ciclo de abuso y silencio.

IDEAS PARA NAVEGAR |
Educación sexual inclusiva y preventiva: enseñar a las niñas y mujeres autistas sobre consentimiento, límites personales y relaciones saludables. |
Protocolos institucionales adaptados: establecer guías claras para la atención de mujeres autistas víctimas de violencia, con espacios accesibles y comunicación ajustada a sus necesidades. |
Formación especializada con enfoque interseccional: capacitar a profesionales de la salud, justicia, educación y servicios sociales en la comprensión del autismo femenino y la perspectiva de género, identificando señales de abuso y evitando prácticas revictimizantes. |
REFERENCIAS
[1]Cazalis, F., Reyes, E., Leduc, S., & Gourion, D. (2022). Evidence that nine autistic women out of ten have been victims of sexual violence. Frontiers in Behavioral Neuroscience, 16. https://doi.org/10.3389/fnbeh.2022.852203
[2]Grzeszak, A., & Pisula, E. (2025). Experiences of females on the autism spectrum through the perspective of minority stress theory: a review. Frontiers in Psychiatry, 16. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2025.1578963 https://www.frontiersin.org/journals/psychiatry/articles/10.3389/fpsyt.2025.1578963/full
[3]Joyal CC, Carpentier J, McKinnon S, Normand CL, and Poulin M-H. Sexual knowledge, desires, and experience of adolescents and young adults with an autism spectrum disorder: an exploratory study. Front Psychiatry. (2021) 12:1–19. doi: 10.3389/fpsyt.2021.685256
[4]Albacete, R., Hernández, C., Verde, M., Arroyo, A. (2023) Violencia de Género contra las niñas y mujeres en el espectro del autismo. Confederación Autismo España.
https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC9087551/
[5] Médica alerta que autistas têm maior risco de sofrer abuso sexual. (2025, May 19). Agência Brasil. https://agenciabrasil.ebc.com.br/radioagencia-nacional/saude/audio/2025-05/medica-alerta-que-autistas-tem-maior-risco-de-sofrer-abuso-sexual
[6] Roberts, A. L., Koenen, K. C., Lyall, K., Robinson, E. B., and Weisskopf, M. G. (2015). Association of autistic traits in adulthood with childhood abuse, interpersonal victimization, and posttraumatic stress. Child Abuse Negl. 45, 135–142. doi: 10.1016/j.chiabu.2015.04.010



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